
Tu mente te engaña, y ni siquiera te das cuenta: 11 sesgos cognitivos que gobiernan tus decisiones
Imagina que estás en el supermercado y ves un cartel que dice: “Antes €25, ahora €19.99”. Sin pensarlo mucho, sientes que estás haciendo una gran compra. O cuando todos tus amigos hablan maravillas de una serie en redes, y terminas viéndola, aunque no sea de tu gusto. No es casualidad: es tu cerebro jugando con sus viejos trucos.
Bienvenida al fascinante (y a veces tramposo) mundo de los sesgos cognitivos —atajos mentales que usamos para decidir rápido, pero que muchas veces nos alejan de la lógica.
Vamos a revisar once sesgos de los más comunes, con ejemplos que probablemente reconocerás.
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Sesgo de anclaje
Es cuando aceptas la primera información que recibes como referencia, incluso si es irrelevante.
Ejemplo: el primer número que escuchas sobre el salario promedio de tu carrera marca lo que “esperas ganar”, aunque el dato no sea representativo.
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Heurístico de disponibilidad
Tu mente evalúa la probabilidad de algo según recuerdas un mensaje o noticia.
Ejemplo: si en TikTok ves muchas historias de fraudes al hacer intercambios estudiantiles, puedes creer que “eso pasa siempre”, aunque los casos sean excepciones.
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Efecto de arrastre (bandwagon)
Tendencia a pensar o actuar como la mayoría, solo porque “todos lo hacen”.
Ejemplo: te unes a una manifestación sin investigar los motivos, porque todos tus amistades se involucran en ella.
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Sesgo de confirmación
Buscamos información que refuerce lo que ya creemos y rechazamos lo contrario.
Ejemplo: si piensas que cierto profesor es injusto, solo notarás las veces que te aconseja mal, ignorando cuando aporta información valiosa.
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Sesgo del avestruz
Preferimos ignorar la información negativa que podría preocuparnos.
Ejemplo: sabes que estás trabajando sobre una información desactualizada, pero evitas revisar tus notas en el sistema para “no deprimirte”.
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Sesgo del resultado
Juzgas una decisión por su resultado, no por cómo fue tomada.
Ejemplo: piensas que una amiga fue “inteligente” por no estudiar todo el temario y aun así aprobar, cuando en realidad solo tuvo suerte.
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Sesgo de sobre confianza
Creer que sabes más o que eres mejor que los demás en algo.
Ejemplo: decides no repasar antes de un examen porque “siempre te va bien”, y terminas con una nota más baja de lo esperado.
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Efecto placebo
Creer que algo funciona solo porque piensas que debería hacerlo.
Ejemplo: tomas café descafeinado antes de estudiar y aun así sientes más energía, porque asocias el ritual con concentración.
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Sesgo del sobreviviente
Solo consideras los casos exitosos y olvidas los fracasos.
Ejemplo: te inspiras en la influencer que opositó y “triunfó” a la primera, sin pensar en miles que lo intentaron y no lo lograron tan fácilmente.
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Percepción selectiva
Interpretas la información según tus valores o emociones.
Ejemplo: si estás molesta con una persona, lees sus mensajes con un tono agresivo, aunque sean neutros.
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Sesgo del punto ciego
El más irónico: creer que tú eres menos propensa a los sesgos que los demás.
Ejemplo: pensar “yo sí soy objetiva”, mientras lees este artículo y mentalmente identificas a tus amigas en cada ejemplo.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
No se trata de eliminar los sesgos —sería como pedirle al corazón que deje de latir—, sino de reconocerlos. Cuestionar nuestras primeras impresiones, escuchar lo que contradice nuestras creencias y darnos permiso para cambiar de opinión son actos radicales de inteligencia emocional.
Así que la próxima vez que digas “lo sé porque lo sé”, tal vez valga la pena preguntar: ¿Y si mi mente solo me está contando una historia?
Tu mente te engaña, y ni siquiera te das cuenta, es un post de la residencia para opositoras Anunciata Madrid
